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De una cumbre ambiental a una responsabilidad empresarial: el legado de la COP26.

  • EAS LATAM
  • hace 2 minutos
  • 6 min de lectura

Por Bach. José Ernesto Flores

Internacionalista  y consultor ambiental.

Consultor externo | EAS LATAM Group



Durante mucho tiempo, el cambio climático fue percibido como una preocupación lejana, un desafío para futuras generaciones. La realidad, sin embargo, ha cambiado esa percepción. En los últimos años hemos visto fenómenos meteorológicos más intensos y menos previsibles: lluvias extraordinarias en zonas tradicionalmente áridas, tormentas severas durante eventos masivos, olas de calor sin precedentes e incendios forestales de gran magnitud. A ello se suman presiones directamente vinculadas con la actividad humana, como la tala ilegal, la sobreexplotación de los océanos, la degradación de ecosistemas y una huella de carbono que continúa creciendo. En este escenario, la conversación dejó de ser únicamente ambiental; hoy también es económica y empresarial. Precisamente en ese contexto, la COP26, celebrada en Glasgow en el 2021, marcó un punto de inflexión al abrir paso a compromisos que hoy inciden en la regulación, los mercados y la gestión de riesgos en las organizaciones.


Cuatro años después, ese punto de inflexión se refleja en regulación, mercados de carbono, gestión de riesgos, cadenas de suministro y reportes corporativos. Para las empresas, la pregunta de fondo ya no es si el cambio climático importa, sino cómo se traduce en decisiones de negocio, controles, indicadores y, finalmente, planificación financiera.


En esta edición: repasamos qué dejó Glasgow, cuánto se ha avanzado desde entonces, qué significa para la gestión empresarial y por qué sus efectos terminan llegando a la conversación financiera.


  • Los compromisos sobre bosques, metano y temperatura siguen lejos de la ruta necesaria.

  • La presión regulatoria y de reporte aumenta para convertir metas climáticas en procesos, datos y controles verificables.

  • El efecto financiero aparece al final de la cadena: acceso a capital, costo de financiamiento, liquidez, valor de activos y revelación corporativa.


Contexto ejecutivo: de Río a Glasgow

La COP26 fue la vigesimosexta Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Este proceso comenzó en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992; luego siguieron hitos como el Protocolo de Kioto, en 1997, y el Acuerdo de París, en 2015.


Hoy la Convención reúne 198 Partes: 197 Estados y la Unión Europea. Las decisiones se toman por consenso, lo que les da peso político, pero también explica por qué los avances suelen ser graduales. Además de gobiernos, participan organismos internacionales, empresas, academia, organizaciones sociales y pueblos indígenas, aportando información, experiencia y presión pública.


Costa Rica tuvo una presencia visible en Glasgow al impulsar, junto con Dinamarca, la Alianza Más Allá del Petróleo y el Gas. Para el sector empresarial, este tipo de señales importa porque anticipa hacia dónde se mueven las políticas públicas, las expectativas de inversionistas y los criterios de operación responsable. Lo que se acuerda afuera tarde o temprano toca la operación local.


Qué dejó Glasgow para la agenda empresarial

El resultado central fue el Pacto Climático de Glasgow. Por primera vez, una decisión adoptada por consenso mencionó expresamente la reducción progresiva del uso de carbón sin sistemas de captura y la eliminación gradual de subsidios ineficientes a los combustibles fósiles. Aunque la redacción final fue menos ambiciosa de lo esperado, marcó una señal clara para gobiernos, mercados e industrias intensivas en energía.


También se cerró buena parte del libro de reglas del Acuerdo de París, especialmente en materia de mercados de carbono. Dicho más sencillo: se definieron reglas para registrar y transferir reducciones de emisiones entre países y evitar que una misma reducción se cuente dos veces. Para las empresas, esto es clave porque la credibilidad de los créditos de carbono y de los reportes climáticos depende de sistemas confiables y trazables.


Además, Glasgow pidió metas nacionales más ambiciosas, impulsó mayor financiamiento para adaptación y abrió una conversación más formal sobre pérdidas y daños. También se anunciaron compromisos sobre deforestación y reducción de metano. No todos tuvieron el mismo nivel de obligación, pero sí reforzaron una tendencia: los temas ambientales ya forman parte de la gestión económica, regulatoria y reputacional. La pregunta, entonces, es cuánto de esa agenda se ha convertido en resultados concretos.

Balance 2026: avances reales, pero insuficientes

En términos de implementación, el avance ha sido desigual. Algunas decisiones de Glasgow permitieron ordenar reglas, acelerar compromisos y elevar la presión política sobre gobiernos y sectores productivos. Sin embargo, pasar de declaraciones globales a resultados verificables sigue siendo el mayor desafío: las metas necesitan políticas, datos, responsables, seguimiento y capacidad real de ejecución.


En bosques y metano, el panorama viene más cuesta arriba. En 2024 se perdieron alrededor de 8,1 millones de hectáreas de bosque, un resultado 63 % por encima de la ruta necesaria para detener la deforestación en 2030. El informe mundial sobre metano de 2025 también señala que las emisiones todavía aumentan y que los planes presentados hasta mediados de ese año, incluso si se cumplieran por completo, seguirían quedándose cortos frente a la reducción global del 30 % prometida en Glasgow.


La temperatura sigue siendo el indicador más amplio y más preocupante. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que, aun con la implementación completa de las metas nacionales vigentes, el mundo se encamina a un calentamiento de entre 2,3 °C y 2,5 °C durante este siglo; con las políticas actuales, la proyección ronda 2,8 °C. En buen tico: hay avance, pero todavía no alcanza.


El financiamiento climático también muestra avances, aunque todavía con brechas importantes. La meta de movilizar USD 100.000 millones anuales hacia países en desarrollo se alcanzó por primera vez en 2022, dos años después de lo prometido. Según la OCDE, se superó por tercer año consecutivo y llegó a USD 136.700 millones en 2024. Es una buena noticia, sí, pero no cierra la conversación: todavía importa cuándo llegan esos recursos, cómo se distribuyen y cuánto se destina realmente a adaptación frente a mitigación.


Por qué esto debe estar en la agenda de la dirección

Para una organización, estos acuerdos pueden parecer lejanos hasta que se reflejan en costos de energía, disponibilidad de materias primas, continuidad de la cadena de suministro, permisos, reputación, valor de activos o relación con clientes y proveedores. En ese punto, el cambio climático deja de ser un tema únicamente ambiental y se vuelve parte de la planificación estratégica y de la gestión de riesgos.


Esa es justamente la lógica de la NIIF S1 y la NIIF S2: identificar y explicar los riesgos y oportunidades de sostenibilidad y clima que pueden afectar las perspectivas de una organización, y conectar esa información con los reportes financieros de propósito general. La idea no es hacer un informe ambiental aparte para cumplir por cumplir, sino generar información útil, comparable y respaldada por procesos confiables. Por eso, la lectura financiera debe aparecer como resultado de una gestión climática bien entendida, no como un tema aislado.


La pregunta para la alta dirección es práctica: ¿la organización cuenta con datos, procesos y controles suficientes para explicar cómo los riesgos y oportunidades climáticas pueden afectar su operación y, al final, su desempeño financiero, liquidez, financiamiento y perspectivas de crecimiento?


En EAS LATAM acompañamos a las organizaciones a aterrizar esta conversación en información útil para la gestión: identificación de riesgos y oportunidades, conexión entre datos operativos y efectos financieros, estructuración de indicadores, fortalecimiento de controles y preparación para marcos de revelación como NIIF S1 y NIIF S2.


Cierre para llevar

La principal lección de Glasgow es sencilla: las metas climáticas solo generan valor cuando se convierten en planes medibles, presupuestos, controles e información transparente. Para las empresas, prepararse no significa llenar reportes por cumplir; significa entender mejor el negocio, anticipar riesgos, ordenar datos y tomar decisiones con información más sólida. En otras palabras: gestionar el clima también es proteger la capacidad financiera del negocio.


Referencias

Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. (2021). The Glasgow Climate Pact - Key outcomes from COP26.

Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. (2026). United Nations Framework Convention on Climate Change.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (2026). Climate finance provided and mobilised by developed countries in 2013-2024.

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. (2025). Emissions Gap Report 2025.

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y Coalición Clima y Aire Limpio. (2025). Global Methane Status Report 2025.

Forest Declaration Assessment Partners. (2025). Forest Declaration Assessment 2025.

IFRS Foundation. (2026). IFRS S2 Climate-related Disclosures.

 
 
 

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